martes, 22 de abril de 2014

Carta de una madre a otra, cuyo hijo padeció el bullying

Todos los días uno se pregunta el porque de tanto ensañamiento!
La historia pertenece a un chico mendocino que padeció durante muchos años el acoso de sus compañeros y el desinterés de los directivos y docentes de la escuela a la que asistía. Por suerte no tuvo trágicas consecuencias, pero sí cuatro años de amargura y depresión que pudo haber desencadenado en algo violento o trágico.

A fines del 2011 pude cerrar la puerta de años de maltrato hacia mi hijo y abrir un portón hacia la felicidad. Nuestra historia comenzó en el Colegio Sagrado Corazón y se repitió desde la salita de cinco hasta cuarto grado.
Año tras año, mi hijo sufrió varios tipos de maltratos que pasaron desapercibidos. Algunas cosas comenzaba como juegos de  niños, encerraban en el baño a mi hijo, le ponían apodos discriminatorios, lo empujaban, se burlaban de lo que hacía o lo que no hacía, aparecían moretoes en su cuerpo, le gritaban frases como “vos no servís para nada” “ñoño” “salí de acá” “no jugas”. Todas estas cosas consideradas como "normales"para algunos y porqué digo normales, porque cada año que hablé con las docentes me decían que ya se iban a encargar del tema y daba la casualidad que en todos los años tenía maestras reemplazantes, sólo tuvo una docente titular todo el año, la única que realmente lo conoció. Claro, a las demás qué les importaba si no cumplían todo el año escolar con el mismo grupo.

Con el paso del tiempo empecé a decirle que se defendiera, casi entré en la sugerencia de una de docente que me dijo que no veía la hora que mi hijo reaccionara contra sus compañeros y fue cuando le dije que eso no iba a suceder porque no estaba acostumbrado a la violencia. Entonces me hicieron pensar que el problema era mi hijo, hasta  tuvo el tupé de decirme que mi hijo “era especial”… ¡si, especial…! y sí,  para nuestro orgullo era así… ya que no era amigo de la peleas, del vocabulario grotesco, tampoco amigo de las malas notas y del atropello. Al contrario jamás tuve un llamado de atención, ni por su comportamiento ni por sus calificaciones que siempre fueron de 9 y 10, un promedio de 9.66 en cuatro años, ese era mi hijo especial al que le gustaba ir al a biblioteca en los recreos y no jugar al fútbol.
Entonces comprendí que hoy en día está de moda insultar, pegar, seguir a los líderes negativos, ¿Para qué los buenos ejemplos no?? Eso ya no se acostumbra, pero gracias a Dios eso no es en todos los establecimientos, hay grandes excepciones como donde estamos insertados este año escolar.

En fin en dos oportunidades luego de idas y vueltas de comunicaciones verbales y escritas en cuadernos con las docentes firmé el famoso Libro de Actas donde en ambas veces con lágrimas y desesperación suplicaba ayuda del equipo directivo y del equipo psicopedagógico, pero nunca tuve una respuesta.
Salvo la última semana de clases que fui convocada luego de varios años por la psicopedagoga para una evaluación de mi hijo ya que se había enterado por los pasillos que nos llevabamos a nuestro hijo de la escuela. No tuve ningún inconveniente de que lo entrevistara, ella quedó encantada de escucharlo y el famoso chico especial, que pasaba desapercibido fue diagnosticado como un niño con alto coeficiente intelectual, descartando problemas, la profesional me pidió otra oportunidad para solucionar el problema, sabía que era un grupo conflictivo y me pidió que no me lo llevara. Obviamente que no íbamos  a sacrificar una vez más a nuestro hijo en pos de un "experimento". La decisión era escapar…
La humillación llegó al máximo cuando mi hijo nos manifestó que ir al colegio era dejarlo en una jaula. ¡La tristeza y la desesperación invadió nuestro hogar! Como padres sentimos la frustración que él sintió, comprendimos su sufrimiento, todos padecimos ese hostigamiento y la angustia nos empujó a salir en forma urgente a buscar un lugar mejor y dignificante.

La respuesta de la vicedirectora fue que hiciera lo mejor para mi hijo, que era una lástima perder a un excelente alumno; la directora jamás se hizo cargo de su falencia educativa ni siquiera nos pidió disculpas, al contrario cuando le llevé la nota a la Madre Superiora con nuestro problema y las sugerencias a mejorar,  me dijo que presentara mi nota donde quisiera y así lo hice. Primero hablé con la Madre Superiora en ese entonces, posteriormente elevé mi caso a la  Supervisión de Dirección de Escuela (Colegio Corazón de María Sra. Alba Camargo) por último entré en un chat (oportunidad brindada por MDZ)  con la Sra. Abrile de Vollmer quien me dijo que tenía un niño fuerte ya que con ese promedio no le había afectado su intelecto y que si era necesario cambiar a un niño de escuela había que hacerlo las veces necesarias.
Me quedé con un gusto amargo de la falta de compromiso o quizás la falta de capacitación para aceptar que este problema está instalado en las escuelas ya sean estatales o privadas y tomar medidas para prevenirlo.

Gracias a Dios cambiamos de rumbo a tiempo. Pero el desafío fue mayor en todo sentido, no se trataba de tener un niño con alto rendimiento escolar sino de tener un chico FELIZ, que hoy en su nueva escuela sonríe, juega, disfruta del compañerismo del respeto y sale con la cabeza bien alta.
Que con  tan sólo 10 años ya sabe en carne propia lo que fue el sufrimiento. A tal punto de que cuando le preguntaron porqué se había cambiado de escuela sacó ese dolor de lo más profundo y pudo expresarle a todos sus nuevos compañeros sin vergüenza que durante años había sido la burla de sus anteriores compañeros. Fue ahí cuando comenzó a disfrutar de su escolaridad  y hoy en día él mismo sabe el significado de bullying e  identifica cuando hay injusticia, discriminación y tiende su mano para ayudarlo tratando de impartir unión.

Por  eso hoy ya lejos del acoso escolar, me gustaría que como padres  comencemos a actuar y luchar para que esto no se instale en la sociedad como algo normal. Al contrario hay que combatir ese flagelo para tener a futuros hombres y mujeres fuertes.

Fuente:  http://www.mdzol.com/nota/418645/

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